Por Felipe Puerta
¿Qué es peor: una muerte rápida o una muerte lenta?
Esa fue la pregunta que no dejó de rondarme la cabeza mientras leía El jardinero y la muerte de Gueorgui Gospodínov. Una muerte repentina nos arrebata a alguien sin previo aviso, dejándonos con palabras sin decir y preguntas sin responder. Pero una muerte lenta tiene una crueldad distinta: nos obliga a presenciar cómo alguien que amamos se va alejando poco a poco, mientras intentamos aferrarnos a cada conversación, cada gesto y cada instante que aún nos queda.
Hay libros que cuentan una historia. Hay otros que te acompañan. Y luego están esos pocos que te sostienen de la mano mientras atraviesas algo que no sabías cómo nombrar. El jardinero y la muerte pertenece a esa última categoría.
A partir de la enfermedad y el deterioro de su padre, Gospodínov construye una de las reflexiones más honestas y conmovedoras que he leído sobre el duelo. Sin caer en el melodrama ni buscar la lágrima fácil, el autor nos invita a acompañarlo durante los últimos meses de vida de un hombre que fue jardinero y que, en una de las frases más hermosas de la literatura reciente, termina convertido en jardín.
La frase que abre el libro ya contiene toda su belleza y toda su tristeza:
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”.
Sin embargo, reducir esta obra a una historia sobre la muerte sería injusto. El jardinero y la muerte es, sobre todo, un libro sobre la vida y sobre aquello que solemos dejar para después. Mientras avanzaba en sus páginas, no podía evitar pensar en todas las conversaciones que posponemos con nuestros padres, nuestros abuelos o las personas que amamos. En todas las preguntas que nunca hacemos porque creemos que siempre habrá tiempo. En todas las historias familiares que un día desaparecerán porque nadie se detuvo a escucharlas.
El gran logro de Gospodínov es comprender que el duelo no comienza cuando alguien muere. Empieza mucho antes. Empieza cuando somos conscientes de que las personas que amamos son frágiles y que cada encuentro podría ser irrepetible. Por eso, más que narrar una enfermedad, el autor reconstruye una vida a través de recuerdos dispersos, anécdotas mínimas, silencios y momentos aparentemente insignificantes que terminan adquiriendo un valor inmenso cuando el tiempo se agota.
La estructura fragmentaria del libro contribuye a esa sensación. La memoria aparece tal como funciona en la realidad: desordenada, caprichosa y profundamente emocional. Un olor, una casa, una frase o una escena de infancia irrumpen constantemente en el presente para recordarnos que las personas nunca desaparecen del todo mientras sigan habitando nuestros recuerdos.
Hay algo profundamente valiente en la forma en que Gospodínov se expone ante el lector. No intenta presentarse como alguien que entiende el dolor o que ha encontrado respuestas. Al contrario, escribe desde la incertidumbre, desde la vulnerabilidad y desde la imposibilidad de aceptar plenamente la pérdida. Esa honestidad convierte la lectura en una experiencia íntima, casi como si estuviéramos acompañando a un amigo durante una de las conversaciones más difíciles de su vida.
También me sorprendió la manera en que el libro utiliza los silencios. Los espacios en blanco no son simples pausas entre capítulos; forman parte de la narración. Son esos momentos en los que el dolor ya no puede expresarse con palabras y donde el lector termina llenando los vacíos con sus propias ausencias y recuerdos.
Hay libros que hablan sobre la tristeza y dejan al lector devastado. El jardinero y la muerte hace algo diferente: transforma la tristeza en un acto de amor. Nos recuerda que extrañar a alguien es la consecuencia inevitable de haber amado profundamente. Y, aunque duele, también resulta extrañamente reconfortante.
Página tras página, lágrimas y sonrisas se mezclan en una lectura que resulta devastadora y, al mismo tiempo, profundamente reconfortante. Porque mientras acompañamos al autor en su despedida, inevitablemente terminamos recordando nuestras propias ausencias.
Cuando cerré la última página no sentí que hubiera leído una novela, sino una despedida. Una despedida que, paradójicamente, también es una invitación. Una invitación a llamar a nuestros padres, a escuchar sus historias, a preguntar aquello que nunca hemos preguntado y a compartir tiempo con quienes aún siguen aquí.
Porque si algo enseña este libro es que el duelo no siempre consiste en aprender a vivir después de la pérdida. A veces consiste en comprender, mientras todavía estamos a tiempo, la importancia de estar presentes antes de que llegue el adiós.
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Sobre el autor
Felipe Puerta
Fundador y director del medio digital Cementerio de libros.
Ad ganga med bok I maganum.
"No eres lo que escribes, eres lo que lees".