Por Emily Alvarado
Todos conocemos, al menos de manera general, los sucesos que marcaron a la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial: las cifras incalculables de víctimas y los horrores cometidos en los campos de concentración. Sin embargo, con frecuencia olvidamos que cada persona que vivió el Holocausto fue un ser humano único, con una historia propia que merecía ser contada. Aunque muchas de esas memorias se perdieron para siempre, algunas lograron ver la luz, y una de ellas es la extraordinaria historia de El tatuador de Auschwitz.
La historia de Lale comienza en 1942, cuando, con tan solo veinticuatro años y vestido con sus mejores galas, es subido a un tren sin saber que su destino final sería Auschwitz. Un lugar donde conocería el horror en su forma más cruel, pero donde también, en medio del infierno y contra toda esperanza, encontraría el amor.
“Tatué un número en su brazo y ella tatuó su nombre en mi corazón”.
Al llegar a Auschwitz-Birkenau, Lale descubre que su única posibilidad de sobrevivir es convertirse en tatuador, una tarea tan necesaria como devastadora: marcar con tinta la piel de su propia gente, condenándolos a llevar para siempre la huella del horror. Bajo la estricta orden de no hablar con quienes tatuaba, Lale levanta la vista y se encuentra con la joven que cambiaría su destino. En ese cruce de miradas nace una promesa silenciosa: hará todo lo posible para que ambos logren salir con vida de aquel lugar, mientras continúa tatuando el número en su brazo.
La autora Heather Morris, a partir de sus conversaciones con Lale más de sesenta años después de los hechos, transforma en palabras las memorias y vivencias de Lale y Gita durante su paso por el campo de concentración. La novela recorre su relación con Baretski, el soldado encargado de vigilarlo; los vínculos que forjó con otros prisioneros, incluida la comunidad gitana; su cercanía con el siniestro ángel de la muerte; y las innumerables ocasiones en las que estuvo al borde de perder la vida.
Al permitir que el mundo conociera su historia, Lale y Gita no solo conmovieron a millones de lectores, sino que también los inspiraron. Más allá del dolor y la tragedia, su testimonio deja una enseñanza imborrable:
“Si te despiertas por la mañana, ya es un buen día”.
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