Libros 19 junio, 2026

[Reseña]: Ensayo sobre la ceguera

Ensayo sobre la ceguera de José Saramago.
  • Voto autor

    5

Ensayo sobre la ceguera no es solo la historia de una epidemia inexplicable; es una herida abierta sobre lo que somos cuando dejamos de sostener la ficción de la civilización. José no imagina una oscuridad, sino algo mucho más inquietante: una ceguera blanca, luminosa, casi pura. Y ahí está el golpe. No se trata de no ver, sino de ver… y aun así no entender nada.


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Ensayo sobre la ceguera no es solo la historia de una epidemia inexplicable; es una herida abierta sobre lo que somos cuando dejamos de sostener la ficción de la civilización. José no imagina una oscuridad, sino algo mucho más inquietante: una ceguera blanca, luminosa, casi pura. Y ahí está el golpe. No se trata de no ver, sino de ver… y aun así no entender nada.

Hay algo profundamente incómodo en cómo la novela desmantela la idea de que somos “buenos” por naturaleza. La civilización no desaparece: se descascara. Y debajo no hay vacío, hay algo que siempre estuvo ahí, esperando. La violencia, el miedo, la necesidad de imponer al otro. La epidemia no crea el caos; lo deja sin excusas. Sin la mirada ajena, sin normas, sin consecuencias visibles, muchos dejan de actuar como deberían… y empiezan a actuar como realmente son.

Y eso duele porque no es ajeno. No hay monstruos, no hay elementos imposibles. Todo ocurre con una naturalidad que asusta. Basta con quitar un poco de orden para que la dignidad se vuelva negociable y el poder caiga en manos de quienes menos dudan en usarlo. La igualdad aparece, sí, pero en su forma más brutal: todos reducidos a lo esencial, a ese fondo incómodo que preferimos no mirar.

En medio de ese derrumbe está la mujer del médico, la única que puede ver. Pero su visión no es un privilegio limpio; es una carga. Verlo todo implica no poder apartar la mirada, no poder fingir ignorancia. No es una heroína, es una testigo obligada. Y quizá ahí está su verdadero peso: no salva el mundo, pero tampoco se permite dejar de verlo. En un entorno donde lo más fácil sería volverse ciego también por dentro, ella insiste en mirar.

La forma en que está escrita la novela no es un detalle menor. Las frases largas, la puntuación mínima, los diálogos diluidos… todo obliga a leer a tientas. Hay momentos en los que el texto desorienta, incomoda, incluso agota. Pero no es un error: es la experiencia. Saramago no quiere que entiendas la ceguera; quiere que la sientas.

Y aun así, en medio de la brutalidad, aparecen pequeños gestos que sostienen algo humano: una mano que guía, alguien que comparte lo poco que tiene, una decisión que contradice la lógica del egoísmo. No son grandes actos heroicos. Son mínimos. Pero suficientes para recordar que la compasión también está ahí, latente, resistiendo.

Tal vez por eso el libro no es completamente desesperanzador. No porque niegue la oscuridad, sino porque la muestra junto a esa otra posibilidad que casi siempre pasa desapercibida.

Al final, la pregunta no es qué haríamos si todo colapsara. La pregunta es más incómoda: cuánto de esa ceguera ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

Porque quizá nunca dejamos de ver. Quizá solo aprendimos a no mirar.

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Sobre el autor

Felipe Puerta

Fundador y director del medio digital Cementerio de libros.
Ad ganga med bok I maganum.
"No eres lo que escribes, eres lo que lees".

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