Por Loreley Liberati
“Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo. La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, escribió Alejandra Pizarnik. Desde esa alcantarilla simbólica parece escribir César González; sin embargo, su literatura no se hunde en la oscuridad: hace brotar belleza allí donde todo parece condenado al óxido y al silencio.
Rengo Yeta, publicada por Penguin Random House, continúa el recorrido autobiográfico iniciado en El niño resentido. Ambas novelas dialogan entre sí y construyen una memoria narrativa que se desplaza por los márgenes de la sociedad sin recurrir a clichés ni concesiones.
González nació y creció en la villa Carlos Gardel. Pasó su adolescencia en instituciones de encierro y estuvo preso entre los dieciséis y los veintiún años. Tras recuperar la libertad, emprendió un camino como cineasta, poeta y productor musical. Con la publicación de El niño resentido en 2023, transformó su experiencia vital en materia literaria. Rengo Yeta retoma esa historia y la profundiza con una prosa más afilada, consciente de su potencia política y estética.
“La libertad se escuchaba demasiado cerca. Solo unos metros separaban la vida de la muerte en vida”, escribe González al comienzo. Entrar en la cárcel no implica únicamente perder el movimiento: es cruzar un umbral hacia una existencia suspendida, donde el tiempo se vuelve viscoso y la identidad comienza a resquebrajarse.
Como en la Divina Comedia de Dante Alighieri, el lector desciende desde las primeras páginas a un infierno concreto: una celda de ingreso en Parque Chacabuco, donde el aire está impregnado de goma espuma húmeda y orina seca. No hay inodoro; apenas un rincón donde el cuerpo se rinde. La abstinencia cruje en los huesos y revela una verdad brutal: la cárcel es un ecosistema diseñado para quebrar el espíritu antes que la carne.
A lo largo de sesenta y seis capítulos breves, la novela adopta una estructura fragmentaria e intensa. El ritmo es acelerado, casi cinematográfico. Robos, persecuciones, disparos, droga, muerte y dolor se encadenan como en un montaje que no permite desviar la mirada. La prosa oscila entre momentos de lirismo inesperado y una crudeza sin eufemismos, siempre fiel a su propia voz.
Uno de los mayores aciertos del libro es su registro: monólogos interiores cargados de reflexión personal y política, pero sin victimismo ni moralejas simplistas. González no pide compasión; exige comprensión. La cárcel aparece como un microcosmos regido por códigos estrictos, donde el lenguaje (lejos de ser accesorio) es una herramienta de supervivencia.
En ese universo, las palabras construyen jerarquía y pertenencia. El huevo es “producto”, la leche “vaca rallada”. Decir lo indebido puede desatar violencia. Incluso fumar requiere técnica y ritual. El lenguaje no solo comunica: otorga respeto, protege y delimita territorios simbólicos. Quien no domina el código se expone al aislamiento o al castigo.
La novela también desmonta prejuicios sobre los presos y las masculinidades. Uno de los momentos más reveladores es la sacralidad de las visitas: los internos se preparan como si desfilaran en una pasarela. La obsesión por la apariencia, por presentarse impecables ante los seres queridos, revela una necesidad profunda de dignidad en medio del encierro.
En este contexto, la literatura irrumpe como anomalía y posibilidad. Un defensor oficial advierte el interés del joven por los libros y le presta textos, entre ellos poemas de Jorge Luis Borges. Leer —y luego escribir— se convierte en un gesto subversivo, en una grieta dentro del guión social esperado. Allí comienza la transformación de la conciencia: imaginar otros mundos es el primer acto de libertad.
El recorrido de González —de “pibe chorro” atravesado por la lógica de la supervivencia a escritor que disputa sentido a través del pensamiento— es una forma de insurgencia intelectual. Rengo Yeta no romantiza el delito ni estetiza la violencia: expone las condiciones estructurales (hambre, pobreza, justicia desigual) que configuran determinadas trayectorias vitales.
La novela deja una pregunta incómoda: ¿estamos preparados, como sociedad, para abandonar la figura del “monstruo” abstracto y mirar de frente las causas que producen el encierro? Mientras la cárcel siga siendo un “cementerio de gente viva”, la libertad será apenas una promesa incompleta.
Leer, en este libro, es abrir una jaula. Pero no solo la del autor: también la nuestra.
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Sobre el autor
Loreley Liberati
Abogada, escritora y apasionada por la lectura. En sus tiempos libres lee.
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