Por Rocio Romero
Todos conocemos el cuadro. O, al menos, creemos conocerlo. Una joven gira la cabeza hacia nosotros. Un turbante azul y amarillo, la boca entreabierta y una enorme perla colgando de la oreja. Johannes Vermeer lo pintó alrededor de 1665 y, más de tres siglos después, Tracy Chevalier decidió hacerse una pregunta: ¿quién era ella?
La respuesta es inventada. Y precisamente ahí está la gracia de La joven de la perla.
Chevalier convierte a esa muchacha anónima en Griet, una joven de dieciséis años que entra a trabajar como criada en casa de Vermeer después de que su familia atraviese dificultades económicas. A partir de ahí, construye toda una historia alrededor de lo poco que sabemos del pintor, de su familia, de la ciudad de Delft y, por supuesto, del posible origen de uno de sus cuadros más famosos.
No pasan grandes cosas; la tensión de esta novela está en los detalles: quién puede entrar en una habitación, quién toca determinados objetos, dónde se coloca una silla, quién habla y quién debe callar, quién mira a quién y durante cuánto tiempo. Porque en la casa de los Vermeer todo el mundo ocupa un lugar muy concreto. Y Griet está prácticamente abajo del todo en ese orden inquebrantable.
Esa jerarquía atraviesa la novela entera. Griet es criada, pobre, una protestante viviendo con una familia católica, joven y mujer en el siglo XVII. Su margen para decidir sobre su propia vida es mínimo. Tiene que aprender muy rápido cuándo hablar, cuándo bajar la mirada, a quién obedecer, cómo sobrevivir pendiente y atenta a cada pequeño paso que pueda dar en falso.
Como mujer que soy, una de las cosas que más me enganchó del libro es la figura de los hombres en la vida de Griet. De una forma u otra, todos tienen poder sobre ella. Padres, amos, posibles salvadores. Un hombre que le ofrece acceso a un mundo que la fascina, pero siempre bajo sus términos y, si se me permite, con dudosas intenciones y actitudes. Otro hombre que representa la posibilidad de una vida estable, pero también una salida que pasa, de nuevo, por una dependencia con la que ella se siente en deuda y culpable. Otro hombre que encarna lo vulnerable que puede llegar a ser una mujer cuando quien tiene dinero, posición y poder decide que tiene derecho a ella.
Cambian los hombres concretos, las formas, pero la pregunta parece ser siempre: ¿es posible en algún escenario de su vida que Griet pueda elegir realmente por ella?
Por eso me parece especialmente interesante su relación con la pintura. Griet tiene algo que sí parece pertenecerle por completo: su forma de mirar. Aunque de nuevo, su acceso a ese mundo no es libre, si no a través de una figura masculina.
Sabemos que Griet nunca existió (o, al menos, que nadie sabe quién fue realmente la joven del cuadro). Pero después de terminar el libro, la verdad es que cuesta un poco separar la imagen del personaje inventado por Chevalier.
Curiosamente, llevo un año viviendo en una casa de alquiler en la que, desde que llegué, hay un imán en la nevera con la imagen del cuadro. Ahora, cada vez que dirijo la mirada hacia ahí, siento que Griet de alguna forma está aquí conmigo. Y me gusta pensar que, en este mundo paralelo en el que ha venido a acabar en mi casa, ha conseguido la libertad que en su época siento nunca consiguió. Y me recuerda a diario que siga buscando la mía propia.
Como me dijo el amigo que me descubrió y prestó este libro: “Todos fuimos la pequeña Griet en algún momento”.
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Sobre el autor
Rocio Romero
De Galicia. Por el mundo. Nado entre palabras.
Leo para volar. Escribo para enraizar.
Oxímoron es mi palabra favorita: chispa que arde sin quemar.