Por Felipe Puerta
Longlife es una de esas novelas que, más allá de su trama, dejan una inquietud instalada mucho después de cerrar el libro. No solo plantea un futuro donde la humanidad ha conquistado la vida eterna, sino que se atreve a formular la pregunta más incómoda de todas: ¿realmente querríamos vivir para siempre?
La inmortalidad que propone la historia no aparece como una promesa luminosa, sino como un espejo perturbador. Un mundo sin muerte, sin urgencia y sin límite obliga a repensar el valor del tiempo, del asombro y del deseo. ¿Qué ocurre con una vida cuando deja de ser finita? ¿Cómo se sostiene el sentido cuando ya no existe un final que lo ordene todo? Longlife invita a reflexionar sobre una existencia prolongada, cómoda y segura, pero progresivamente vaciada de emoción, riesgo y profundidad.
Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para activar debates profundos: la vida eterna como posible condena, el cansancio de existir, la repetición como forma de desgaste, y la memoria como núcleo de la identidad. La posibilidad de borrar recuerdos para seguir viviendo abre un dilema ético brutal: ¿seguir viviendo sin memoria es realmente vivir o es una forma elegante de muerte? ¿Somos lo que somos por lo que recordamos o por lo que sentimos en el presente?
El mundo que construye el autor funciona como una sociedad aparentemente resuelta, sin hambre ni guerras, donde todo parece estar bajo control. Sin embargo, bajo esa estabilidad se filtra una pregunta inquietante: ¿puede una humanidad sin conflicto ser verdaderamente humana? La comodidad, la tecnología y la ausencia de carencias no garantizan plenitud, y el libro sugiere que quizá el precio del bienestar absoluto sea la pérdida del asombro, la creatividad y la rebeldía.
Hack, como personaje, encarna al individuo que todavía se permite dudar. No es solo un protagonista funcional a la trama, sino un punto de resistencia frente a un sistema que funciona demasiado bien. A través de sus decisiones, el lector se enfrenta a dilemas morales constantes: obedecer, adaptarse, huir o cuestionarlo todo, incluso cuando hacerlo implica romper con la seguridad conocida.
A todo esto se suma que Longlife es una lectura profundamente adictiva. La historia avanza con una intriga constante que empuja a seguir leyendo sin pausa, capítulo tras capítulo, hasta el punto de no querer soltar el libro. Incluso cuando termina, deja la sensación de que aún hay más por descubrir, más capas que explorar, más preguntas que seguir haciéndose.
Longlife es un gran libro precisamente porque no ofrece respuestas cerradas. Propone escenarios, plantea conflictos y deja al lector con preguntas esenciales sobre la vida, la muerte, la identidad y el futuro humano. Es una novela que se disfruta leyendo, pero sobre todo se enriquece conversando, ideal para clubes de lectura donde el verdadero viaje comienza después de la última página.
Un libro que no solo imagina el futuro, sino que nos obliga a mirarnos como sociedad y preguntarnos qué tipo de humanidad queremos ser… y si, llegado el caso, estaríamos dispuestos a vivir eternamente sin asombro.
Califica la crítica e interactúa en nuestra comunidad. La valoración es sobre 5 puntos.
Sobre el autor
Felipe Puerta
Fundador y director del medio digital Cementerio de libros.
Ad ganga med bok I maganum.
"No eres lo que escribes, eres lo que lees".