Por Felipe Puerta
Esta es una novela que no se limita a contar una historia: somete al lector a una experiencia emocional profunda y prolongada. Desde sus primeras páginas, Hanya Yanagihara construye un relato que avanza con aparente calma, pero que poco a poco va estrechando el cerco alrededor de sus personajes (y del lector) hasta no dejar espacio para la indiferencia. No es una lectura amable ni complaciente; es una novela que exige compromiso, paciencia y una entrega emocional consciente.
La historia comienza siguiendo a cuatro amigos desde su juventud tras graduarse de la universidad hasta su adultez. Aunque el grupo funciona como estructura narrativa, pronto queda claro que el verdadero eje de la novela es Jude: un personaje brillante, reservado y profundamente herido. A través de él, Yanagihara explora las consecuencias a largo plazo del abuso extremo, no como un episodio superable, sino como una marca que se filtra en cada decisión, relación y forma de habitar el cuerpo.
Uno de los aspectos más impactantes del libro es su negativa a simplificar el trauma. El pasado de Jude no aparece como un recurso dramático puntual, sino como una presencia constante que invade el presente. La autora no edulcora ni sugiere: muestra con crudeza, pero sin morbo, obligando al lector a enfrentar la violencia sin refugios narrativos. Esta honestidad radical convierte la lectura en algo incómodo, pero también profundamente auténtico.
Sin embargo, reducir Tan poca vida a una novela sobre el dolor sería injusto. El libro también es un extenso y delicado retrato de la amistad, del amor que no siempre salva pero insiste, y de la compasión como forma de resistencia. Willem, Harold, Andy y otros personajes encarnan distintas maneras de cuidar, equivocarse y permanecer. Yanagihara muestra que incluso el amor más genuino tiene límites, y que acompañar a alguien no garantiza su sanación.
La prosa de Yanagihara es sobria, precisa y envolvente. No busca deslumbrar con frases grandilocuentes, sino que construye su belleza desde la observación minuciosa de los gestos, los silencios y el paso del tiempo. El manejo de la estructura —los saltos temporales, los cambios de foco, la repetición de ciertos episodios— refuerza la sensación de estar viviendo una vida completa, con sus avances y retrocesos, sus recaídas y momentos de aparente calma.
Tan poca vida no ofrece consuelo fácil ni finales redentores. En su lugar, propone una mirada honesta y dolorosa sobre la condición humana: algunas personas cargan heridas demasiado profundas, y aun así merecen amor, dignidad y compañía. Es una novela devastadora, sí, pero también profundamente humana, de esas que dejan una marca silenciosa y duradera en quien se atreve a leerla.
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Sobre el autor
Felipe Puerta
Fundador y director del medio digital Cementerio de libros.
Ad ganga med bok I maganum.
"No eres lo que escribes, eres lo que lees".